viernes 6 de noviembre de 2009

CTHOLON I y II

CTHOLON I

¿Qué hay en tu boca que es como el desierto?
Abres los ojos, los cierras.
Tu piel se cubre con la sombra de un castaño inconcebible.
Y tu boca rompe la atmósfera como dos dunas que se juntan.
Parece que la luna se ha quedado en tus labios.
Parece que tras ellos están todos los genios de la soledad
y todos los deseos inexpresables.

Tu boca por la mañana es como el desierto.
Pero tu boca, por la mañana,
Conserva la cofia de las estrellas.

TU BOCA CONSERVA LA NOCHE ENTERA.

Y yo te miro y te beso.
Y lo hago como si fuera un riesgo mortal.
Porque tu boca desértica se transforma.
Y entonces es otra cosa de la que no quiero hablar.
Prefiero el haz artero de tu boca como el desierto:
Como si yo pudiera eternizar el desierto sereno en esos labios perecederos.


CTHOLON II

Después de ti…
Mi piel desnuda es el festín de los mosquitos:
Sus alas baten en zumbidos uniformes,
Cerca de mi oído.
Se mueven inconstantes y fantasmagóricos,
No sé dónde se hallan,
Pero supongo sus movimientos.
Saltan de un punto a otro,
Hasta que se posan en la orilla de mi cuerpo.
Se materializan como yunques en mi dimensión actual,
Penetran mi caudal,
Se ceban en él,
Engordan en microsegundos y,
En un lapso aún más pequeño,
Desaparecen de la realidad,
Se desintegran en su eternidad saciada que dura cuarenta y ocho horas.

Apocatástasis

Éramos tú y yo,
No había mundo,
No había sostén de la existencia,
No había ni luna ni sol.
Podríamos decir que el abajo era la cama
Y el arriba una bóveda de polvo que se amalgamaba.
Podríamos decir que no quisimos luz
Y que nos tragamos las estrellas.
Que no hacía frío ni calor,
Que no hacía falta que supiéramos nada.

Hundimos las montañas antes de que éstas emergieran.

El agua única,
La savia codiciada,
La potencia del ser,
Pasaba de tu boca a la mía,
De mi boca a la tuya,
Y el futuro universo
Se debatía en nuestros labios
Como un posible feto acariciado por la consistencia.

Sólo eran tus brazos,
Tus dedos,
Tus uñas mordidas,
Tu cabello sorprendido por el caos,
Tu torso en crecimiento,
Tu pelvis creando el inicio del tiempo.
Sólo eran tus pies,
Tus muslos temblorosos,
Tus ojos infinitos y transparentes,
Felices y vigorosos,
Profundos como la primera palabra.

Sólo éramos tú y yo
Y la esquizofrenia del taumaturgo,
La megalomanía del príncipe caído,
La resurrección del primer deseo.
La falacia del eterno contingente.
Nada más,
Pues un poder aún más intenso,
Ignoto y lúdico,
Digamos,
El GRAN TITIRITERO,
Descolgó una araña ponzoñosa,
Negra,
Silenciosa,
Acechante…
E inauguró el tiempo de la muerte
Quebrantando el beso originario.

UN KILO HECATÓMBICO


Donna Máter Síngula Regina, consorte decana del Emperador Catulo IV de la Confederación de Contenedores Urbanos Intergalácticos PALADION M-28, conocida en la historia del Universo por su gula de las llamadas “frutas tropicales”, producidas por aquel entonces en las granjas parásito del sistema de estaciones SOLARIUM-0, últimas colonias habitables del primigenio Sistema Solar, fue la causante de la perdición de su pueblo.
Los hechos se dieron de la siguiente forma: El sistema masivo de libre comercio entre todas las colonias humanas interestelares, amigas o enemigas, era la condición y el sustento económico por aquellos entonces. Esto generaba un procedimiento mercantil que se servía de la publicidad a través de todos los medios masivos de comunicación para cautivar al público y lograr atizar la compulsión consumista en los habitantes de la Gran Unión. En nuestros tiempos actuales esto nos suena irrisorio, sin embargo, por aquellos entonces, la Gran Unión conservaba muchos rasgos heredados por la Madre Tierra, muchos de los mismos rasgos que produjeron la cuasi extinción de la especie humana.
Por aquellos tiempos las llamadas “mini sociedades separatistas” (MISOSEPS), núcleos étnicos bien diferenciados y más allá de toda ley, se habían coalicionado con las mafias y la delincuencia organizada para poner en jaque a la Gran Unión mediante una serie de atentados y boicots de todo tipo. No hay que señalar que uno de los cotos de poder más represivos, y por ello más odiados, era PALADION M-28. Murieron millones. Las MISOSEPS, hábiles y creativas, desarrollaron una serie de técnicas de violencia, intrusión y terrorismo que aún ahora se presentan como ejemplo de organización y suficiencia de un pueblo.
En el caso de la destrucción de PALADION M-28, su emperatriz decana, Donna Máter Síngula Regina, es encaprichó con un kilo de naranjas que los ingenieros genéticos habían ofrecido al mejor postor. Se sabe que las naranjas fueron un fruto común en los países tropicales y aun en los subtropicales de Tierra Madre, sin embargo, luego de la hecatombe, su genoma fue de los muchos que quedaron perdidos en la nave PENTATEUCO, la cual fue finalmente rescatada 30 000 años después en la constelación de Géminis (perspectiva terrícola), en tiempos del Emperador Catulo IV. La noticia de que por fin se producirían naranjas en SOLARIUM-0, fue como si el sabor y el recuerdo de aquellos soles primigenios estallara en las bocas de todas las damas y cortesanas de la Gran Unión. Todo mundo quería adueñarse de ese maravilloso kilo que contenía, según algunas crónicas, un sabor, un olor y unas propiedades inefables ya para la época.
Y fue así que Donna Máter Síngula Regina se encaprichó a tal grado con la idea de adquirir el kilo, que sucumbió a los ardides de la publicidad, calló de rodillas ante los vendedores que le traían esencia e imágenes holográficas desde el Sistema Solar y convenció al Emperador, su esposo, de acaparar las naranjas al precio de cuatro planetas de xenón y tres ciudades enteras, finalmente las únicas que resultarían sobrevivientes de PALADION M-28.
El kilo llegó, digamos, una mañana. Fue aposentado sobre una bandeja de platino en el comedor principal de palacio. Funcionarios, damas, cortesanos, diplomáticos e invitados especiales se daban cita en el gran salón. La emperatriz, desde luego, tendría la primicia de partir y desgajar el fruto. Lo que no sabía era que dentro de cada una de las cuatro naranjas que juntas pesaban un kilo, se ocultaba un hábil mecanismo de bomba de fusión de partícula G que acabaría en microsegundos con todo el imperio y sus satélites.
Y así sucedió.
Y nadie probó las naranjas.
Y el genoma fue robado y no sabemos hasta la fecha quién pudo gozar de un pedazo de sol en la boca.

lunes 2 de noviembre de 2009

Justificante tapatío para no nadar en la piscina del colegio

En la capital del Reino de la Nueva Galicia
En el año de Nuestro Señor dos mil y ocho


A quien corresponda y ataña:


Por medio de la presente misiva hago constar que la Princesa Fernanda Osagüera Primera de los Fundidores, Infanta de Guadalajara, Heredera de Plaza Andares, Señora de las Apoltronadas, Dechado de Sopores y Perezas, Misteriosa Tañedora de Guitarra, la de Andar Semicisnesco, Augusta entre las que vaquiformes bostezan, Ostentadora del Humo Alquitranado, Soberana de las Pirómanas, Primera Dama del Máximo Bodeguero de Abastos, Magnolia de Belleza sin igual, de brazos pozoleros y talle lonjil, está totalmente excusada de nadar en la piscina de vuestra institución; es más, ni siquiera debe tocar con sus delicados dedos peludos una sola gota de agua, dado que, siendo ella tan princesa, tan hermosa, tan gloriosa, tan real, su corona de oro engarzada con diamantes y zafiros, corre riesgo de mojarse y de perder su lustre. Como no se la puede quitar, porque las princesas NO se quitan nunca sus ornatos, mucho menos el aurífero arriba mencionado, pues está de más decir que nadar se vuelve para ella un asunto prohibitivo, casi problema de estado.


Agradecemos vuestra comprensión y vuestras acciones para salvaguardar la figura que simboliza nuestra nación.


Con toda la autoridad que Dios me ha dado,


Su mamá, LA REINA VIP.



Postdata: se suplica también hacer extensiva esta orden real a la persona ilustrísima del príncipe Temochas Batietílico, quien, por no perder su porte y su realeza, debe seguir las costumbres antiquísimas de los reyes medievales escandinavos, quienes afirmaban que el abolengo se llevaba en la piel y, por lo tanto, bañarse acabaría con su nobleza.

viernes 30 de octubre de 2009

En otra dimensión de nuestro continuo espacio-temporal...

Estos serían mis dominios si un imbécil autodenominado Agustín I de México hubiera tenido una conciencia ulterior a su monarquía constitucional moderada amparadora de las tres garantías independentistas...



LA MUSA NEGRA (Cuento de antisuperación personal)

Agazapados en las cornisas del gran teatro, el discípulo y su mentor charlaban sobre algunos temas recurrentes. He aquí una de sus pláticas:
-¿Cuál es el secreto de la felicidad, gran Adalid? –Preguntó el discípulo.
-No hay secreto.
-Entonces, ¿qué es la felicidad, gran Adalid?
-Eso depende de su generación.
-¿Cómo, maestro?
-La felicidad tiene su origen primario en todo nacimiento: cada ser humano que es acogido en el mundo porta en sí mismo algo que lo impulsa a vivir. De dónde proviene ese algo es cosa que ignoro.
-Entonces, ¿por qué pocas personas son felices?
-Porque les quitaron o perdieron la felicidad haciéndoles pensar que la felicidad venía de fuera, que había que construirla con esfuerzo y sacrificio, con paciencia, o, simplemente, que había que esperarla.
-Y, ¿no son todas ésas virtudes a las que aspiramos?
-De ninguna forma si se conciben como condición para obtener la felicidad. La felicidad no se obtiene, se trae desde la cuna. Lo que hacemos es perderla durante la infancia, esconderla en la adolescencia, ignorarla en la juventud y deplorarla en cuanto conseguimos un trabajo estable que concuerde con el programa social de nuestra nación.
-Y, ¿de qué forma podemos conservarla o reencontrarla? –preguntó el discípulo ampliando la preocupación que se vertía de sus ojos.
-Si se ha perdido no hay manera de recuperarla, muchacho, pero a tu edad aún puedes hacer algo. Hay voces inmensas que nos hablan desde nuestro fondo, desde el abismo de la inocencia. Hay voces que debemos escuchar. La introspección y el adormecimiento de la razón externa ayudan en el proceso. Si no se ha degradado, aún es posible salvar la felicidad del aniquilamiento. Pero, escucha bien esto, si la felicidad interna ha muerto, el único consuelo del ser humano será la aparición de otro que quizá no sea feliz pero, que al vincularse, puede que se llegue a generar ese otro momento cuántico de la felicidad, ese momento sublime que se escapa del tiempo y del espacio, ese pedacito sin dimensiones que no sabemos dónde está, que no pesa, del cual ignoramos su procedencia y su dirección; esa fantasmagoría alucinante que ahora es pero se desintegra en un parpadeo; eso que la gente común y corriente que camina allá sobre la banqueta denomina amor.
Entonces, el discípulo no preguntó más y se arrojó desde la cornisa.

EL HJO DEL PROFETA (cuento de antisuperación personal)

No era un sueño, sino la realidad que salía del bosque y se desvanecía al tocar las primeras piedras del desierto. El hijo del profeta había despertado junto a su padre, mejor dicho, junto a donde debería haber amanecido su padre: la orilla ríspida del río que descendía entre breñales hacia las planicies pedregosas y resecas.
Una noche antes, al abrigo de las estrellas meridionales, el profeta le había dicho:
-El bosque retrocede a costa del desierto.
Y entonces calló y el murmullo de las aguas sobrepasaba la cabalgata de las constelaciones.
-Padre, ¿qué será de nosotros mañana?
Preguntó el hijo, mirando los ojos pequeños, profundos, atemporales. Los ojos del tiempo abiertos al cosmos por medio de unas pestañas de plata arremolinada.
-Será lo mismo, pero habrás crecido.
-No entiendo, padre.
-Mañana te quedará claro.
Y se durmieron sin más abrigo que el aliento fresco que aún llegaba desde el bosque por medio del río.
Y no era un sueño, pero el profeta estaba del otro lado de la corriente, desnudo y cubierto de arena, hecho un ovillo que se confundía con las rocas.
Y así, el hijo del profeta lo vio levitar unos instantes y ver cómo sus pies de peregrino acariciaban el aire y la superficie de la tierra.
Ya no hizo falta hacer más preguntas.
Sabía lo necesario.
El hijo del profeta vio cómo su padre volvía flotando al centro del río y en él se hundía como quien mete la mano en el fuego y sonríe por la sensación de la transformación total.