EL PUENTE DEL USURERO


Sobre el río de las Ánforas el Puente del Usurero era la única vía para cruzar de un lado a otro del vallejo. Un trasgo viejo y remolón lo custodiaba. Se plantaba frente a los caminantes y, sin chistar, extendía su brazo huesudo y con uñas de obsidiana exigiendo peaje: dos monedas de plata o su equivalente en mercancía. Nadie pasaba sin pagar o dar. Nadie. Según contaban los pobladores de la región, el trasgo llevaba siglos ejerciendo su tiranía. Se adjudicaba la construcción del puente en épocas remotas y, además, amenazaba con reclamar toda la región para su raza si los  hombres osaban desacatar su mandato.
     Así pasaban las monjas sudorosas:
     -Hermano trasgo.
     -Son dos monedas de plata. No soy hermano de nadie.
-Sólo traemos licor de huevo.
-Entonces dadme seis botellas.
-Son de a litro.
-Cuatro serán suficientes.
-Gracias, hermano trasgo.
-No soy hermando de nadie.
Cruzaban las monjas arremangándonse el hábito para no tocar las piedras del puente, pues en secreto advertían que habían sido colocadas por el mismo Satanás en tiempos de desatino.
Así pasaban los arrieros:
-Compadre trasgo.
-Son dos monedas de plata. No soy compadre de nadie.
-Te ofrecemos un real de harina.
-Dos reales.
-Dos reales. Va. Toma, compadre trasgo.
-No soy compadre de nadie.
Con todo y acémilas, los arrieros hacían cantar las piedras del puente como marimba de ultratumba.
Así pasaban los peregrinos:
-Dios os guarde.
-Yo me guardo solo. Son dos monedas de plata.
-¿Y qué tal una guitarra de pino?
-Muy bien, pero sin cuerdas.
-Dios os lo pague.
-Vosotros sois los los que pagáis. Andando y a darle. ¡Vamos!
Los peregrinos se perdían por la curva de la cuesta cantando jaculatorias y salmos que hacían escupir bilis al trasgo.
Así pasaban los pastores:
-Señor del río.
-Vosotros sabéis.
-Las ovejas van gratis, ¿de acuerdo?
-Claro, pero son dos monedas de plata.
-Eso, aquí están.
-Buenas monedas de plata, ricas para morder. Conservan la leche y vuelven azul el mundo. Andad, pasad vuestros animales. El río es el río.
Balidos y más balidos agradecían al trasgo y se perdían en seguida, remolineando en los pastizales de la colina.
Pero un día llegó el ciclista.
-Son dos monedas de plata.
-No tengo nada.
-Entonces tu aparato endemoniado.
-No se da.
-Entonces no pasaréis.
-Estoy más allá de todos los poderes. Incluso del vuestro.
-El río no os dejará.
-Ya veremos.
El ciclista se montó la bicicleta sobre el hombro y, sin más preámbulos, bajó a la vera del río y puso un pie en el agua. En seguida, con la mayor facilidad, atravesó el cauce y se encontró muy pronto del otro lado. Sin mirar al trasgo, subió a su vehículo y pedaleó hasta perderse en lontananza. Al instante, el puente y el trasgo desaparecieron en un crujido de neblina. Desde entonces,  un vado de guijarros amarillos abrió paso para todos los habitantes de aquel vallejo.

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