Era víspera del día de San Juan cuando el Honorable Ayuntamiento de Mámelin
decidió por unanimidad convocar al acordeonista. Éste se presentó dos horas más tarde, pues habitaba en uno de los arrabales de la
ciudad, entre callejuelas de lodo y suciedad, como proscrito, sospechoso de
ostentar poderes antiguos y diabólicos.
En esta ocasión, sin embargo, los mamelinenses olvidarían toda sutileza
teológica y legal, toda burocracia aletargante, ya que la necesidad apremiaba y
el desastre revoloteaba sobre las torres de las iglesias y los relojes de los palacios.
-¿Para qué me llamaron? –Preguntó sin preámbulos el
acordeonista una vez afincado frente al ayuntamiento.
-Para que te lleves a todos los niños de Mámelin con tus
encantamientos. –Declaró el Alcalde.
-¿No son acaso los niños el futuro de toda ciudad? ¿Por
qué, entonces, me piden que los haga desaparecer?
-Porque han sido poseídos, todos y cada uno, por los mil
demonios liberados en las montañas del norte. –Cuando el Alcalde terminó de dar
sus razones, el resto del ayuntamiento y los mamelinenses que se habían dado
cita en la plaza principal hicieron gestos y señas para ahuyentar el mal.
-¿No hay por
ventura sacerdotes exorcistas en este lugar?
-Lo han intentado en vano.
-He oído que poseen el mejor cuerpo de médicos en el imperio.
-Su ciencia no alcanza para algo tan tenebroso.
-¿Y si todo esto es una equivocación?
-No puede haber equivocación. Hemos perdido ya a nuestros
hijos. Esos cuerpos que pululan por las calles no son más que carne infestada
por el maligno y sus huestes. No podemos tolerar más esta maldición. Estamos
vencidos, salvo que tú, acordeonista, te los lleves adonde nunca más nos causen
dolor y espanto. Danos tu precio, exige tus condiciones, nosotros cumpliremos
lo que pidas.
El acordeonista calló mientras aspiraba con delicadeza el
aire pesado de la plaza del ayuntamiento. Todo mundo guardó silencio con él. Entonces se
escucharon las voces de los niños, lejanas, persistentes, numerosas. El acordeonista cerró los ojos,
levantó el mentón y dijo:
-Lo haré. Sólo les pido a todos congregarse en el Prado de los Alcatraces y
montar la más grande fiesta que nunca hayan dado para la ciudad. Necesito que
las calles y edificios permanezcan solitarios para poder lograr la limpieza.
Sólo yo y los niños. No cobraré un céntimo.
El alcalde palideció. Abrió lentamente su boca y, dejando
escapar un suspiro, dijo:
-Mámelin hará como digas.
-Y, señor Alcalde, que todas las iglesias permanezcan
abiertas. Lo demás puede ser asegurado.
Los habitantes de Mámelin pusieron manos a la obra. Para
el crepúsculo, el Prado de los
Alcatraces lucía con todo su esplendor bajo las luces de los faroles y las
fogatas. Los adultos se habían congregado en su totalidad llevando todo tipo de
delicias gastronómicas así como barriles de cerveza y cosechas enteras de los
mejores vinos. Todas las bandas de música se encontraban en plena
efervescencia, mientras las parejas bailaban, se emborrachaban y, con el
caminar de la noche, se iban perdiendo entre los arbustos secos. El alcalde y
el obispo, máximas autoridades de Mámelin, habían declarado día de fiesta
permisiva: el ruido tenía que ser inmenso, pues nadie deseaba percatarse de los
procedimientos que el acordeonista utilizaría para acabar con la peste de niños
poseídos.
La noche maduró como tubérculo salvaje.
La fiesta devino en orgía. El temor se había disipado.
Los niños de Mámelin acudieron al llamado del
acordeonista, quien prodigaba sus notas y ensalmos con un poder más simple y
más sencillo que las mentes retorcidas y perversas de los mamelinenses.
Entraron en los templos y los despojaron de sus velas y cirios. Poco a poco las
calles de la ciudad lucían una procesión de lucecitas que se incorporaban a la
gran vía y seguían a una figura danzarina que hacía oscilar un fuelle mágico.
Dejaron atrás los grandes edificios, las cúpulas y
torres, las últimas casas y arrabales;
salieron al despoblado y entroncaron por el camino de los perales, el único que
llevaba al Prado de los Alcatraces, que por aquella época del año era un
amasijo de arbustos y pastos deshidratados rodeado por los bosques de encinos
propios de la región.
La procesión de niños encantados era una serpiente ígnea.
Y la serpiente mordió a la presa y le inyectó el veneno más ardiente y
destructor que los demonios puedan conjurar. Los encinos, los arbustos y los
pastos fulgurantes devoraron a todos los habitantes de Mámelin. La música del
acordeón cesó por la mañana, cuando las cenizas comenzaron a posarse sobre las
teclas erosionadas.
Los niños volvieron a la ciudad. Sonreían. Desde
entonces, el acordeonista los gobierna y ha echado sobre ellos un encantamiento
de alegría y luz que no envejece.
No hay comentarios:
Publicar un comentario