El niño que no quería tomar agua


Hay una luz incierta en el fondo de los libros que no tienen letras... (Encíclica Pedagógica III. REVERENDAS MADRES CICLISTAS)

Siempre estaba en los jardines. Se llamaba Mariano, un niño en apariencia normal: ni gordo ni flaco. Ni alto ni bajo. Ni rubio ni moreno. Era simplemente un niño con muchas ganas de pasar el tiempo en los jardines.
Su casa se encontraba en una zona de la ciudad gris que no era tan gris, pues  algunos parques y jardines se habían conservado. En otros sitios los empresarios y el gobierno los habían convertido en estacionamientos o negocios para señoras que gastan y gastan el dinero en tonterías, que conducen un castillo  de violencia arrolladora y que piensan que el mundo es la casa y el centro comercial.
La mamá de Mariano lo dejaba salir porque áun no habían llegado los dragones morados a aquella zona del país.
-Mariano –le decía-, mientras no  llegue la invasión, vuelve antes de que oscurezca. Y toma agua.
Mariano, más o menos odediente, volvía siempre antes de que la última pluma de luz se le cayera al sol. Sin embargo, nunca tomaba agua.
Mariano –le recordaba su mamá-, no puedes estar toda la tarde en los parques o en las casas de tus amigos sin tomar agua. Mira cómo traes el color.
Y entonces, la  mamá de Mariano lo sentaba en el taburete de la cocina, el mismo donde le cortaban el pelo, y lo hacían tomar un gran vaso de agua antes de bañarse.
-El agua, Mariano –explicaba su madre-, es más importante que tus juegos, tus parques y tus ilusiones.
Mariano asentía pateando el suelo y en seguida desaparecía por entre las plantas de la sala para llegar a su cuarto, desvestirse y entrar a la ducha, en donde, después de vomitar el agua, sentía que su piel volvía a la normalidad.
Pero el agua, al fin y al cabo, no le interesaba. Cuando por fin se quedaba dormido, su pantalla onírica se llenaba de  fuegos que devoradores que  convertían los árboles en manos huesudas apuntando al sol. Había desiertos calcinados y ciudades humeantes. Lechos secos de ríos y orillas de océano cubiertas por las pieles deshidratadas de millones de serpientes; un ejército de ofidios que  había pasado por ahí, buscando el mar, y que sólo había encontrado en la orilla un abismo sin agua, sin luz, sin fuego... la frontera de los sueños de Mariano.
¿A dónde habían ido las serpientes? ¿De dónde habían venido? Si pasaron más allá de la orilla, entonces había algo que mirar después y valía la pena dejar la piel en la playa.
Cuando despertaba Mariano sentía en su boca, en su tráquea y en su estómago lo concreto de aquel sueño recurrente. Lanzaba una mirada a la ventana, a la luz temprana y luego se levantaba para ir a la escuela ignorando el vaso de agua que su madre le ponía en el buró.
Esa mañana, cuando caminaba por la calle N-56-ñÑÑÑ, los dragones morados aparecieron sorpresivamente  en el horizonte gris de la ciudad.
El caos fue total. Y Mariano dejó caer su cantimplora sobre el asfalto. De cualquier forma, nunca tomaba agua ni en el camino de ida, ni en la escuela, ni en el camino de vuelta. A veces, cuando hacía mucho calor y trasponía la puerta de su casa, su madre lo miraba e inmediatamente lo regañaba porque el color verdoso de su piel delataba la deshidratación.
Aquella mañana que llegaron los dragones morados, Mariano se  refugió en los jardines. Como había corrido y como los edificios comenzaban a saltar en llamas, el poco sudor que salía por sus poros estaba agotado. Se tendió sobre la hierba, la única cosa llena de agua que le gustaba, y miró las columnas de humo que se confundían con las alas crispadas de los atacantes.
Entre delirios, escuchaba la voz de su madre: TOMA AGUA, TOMA AGUA, TOMA AGUA. Pero pronto se sintió más en el mundo de los sueños que en la casa.
No había tristeza, no había dolor, no había remordimiento. La sensación de un fuego inmenso que lo envolvía le parecía más placentera que nada que hubiera vivido con  anterioridad.
Una dragón bajó y  se posó sobre un claro en los jardines. Los árboles crepitaban.  Antes de calcinarlo todo, miró una luz pequeña, como una piedra preciosa, brillando inocentemente entre las  hierbas.
Atraído por la joya, el dragón tomó a Mariano, lo elevó por los aires y voló lejos de la ciudad, seducido más por el tesoro encontrado que por la victoria contra los hombres.
Voló y voló, dejando atrás valles y sierras, rebanando nubes, hasta que llegó al mar.
Mariano, en un último chispazo de conciencia, vio cómo su piel caía al abismo en una sola pieza,  seca y escamosa.
La pantalla onírica se abrió y, entonces,  vio un nido de fuego en la cima de un risco. Cinco huevos dorados lo rodeaban.
Brillaban como tizones.
Ardían por dentro.
Se removió en sí mismo y decidió esperar, cerrando por completo la pantalla, acurrucándose en el espacio añorado que existía más allá del mar.

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