Eran babas amarillas las que se desgranaban de las copas humeantes. A la
entrada del vergel, luego del pórtico de mármol, las velas a medio consumir
iluminaban los despojos de la bacanal que estaba por terminar. El sátiro
contratado, que llegaba tarde, penetró en la semipenumbra para ofrecer sus
servicios. Lejos, más allá del sendero bordeado por manzanos en flor, entre la
floresta, se escuchaban los sonidos del placer que se desvanece justo antes del
alba. El sátiro asió bien su canasta y
caminó en silencio, mirando las pistas que debía seguir, abultando su sonrisa
en los labios verticales de la humedad estival.
Sus pezuñas se empapaban con el
lodazal. Sus cuernos estaban a punto de echar chispas. Su cola canosa se arremolinaba inquieta. La
melena, encriznejada y que le brotaba desde medio cráneo hasta la espalda baja,
comenzaba a ponerse hirsuta.
Cuando salió del sendero y
atravesó el arroyo, el sátiro se coló por entre el follaje bajo de la floresta.
Casi ya no había luz de velas, casi ya no había oscuridad nocturna... al este
se podría la noche carcomida por endebles gusanos de luz. El sátiro miró la
escena, contempló a todos esos sométicos
celebrando la vida, abrió su
canasta y arrojó los redruejos que cayeron como piedras preciosas entre los
cuerpos hermosos.
El sátiro babeó.
Eran babas amarillas.
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