Los HAIKÚS de las HORAS CALIGINOSAS



De verde se pinta
Mi horizonte
Sobre la almohada.

Trapos viejos
Destilando mugre
Son los sueños.

Entresueños
Vocecitas merrecitan
La VERDAD.

Duermo sin ropa
Para vestirme
De consistencias.

Cierro los ojos.
Sin papel ni pluma,
Soy todos los escritores.

Dormir es hacer
Un maratón acuático
En un mar prodigioso.

Es el cerebro
Una BICICLETA
Interastral.

La partícula de dios
No participa
En el tejido de los sueños.

En un sueño
Caben
Varios universos.

No hay dios
Ni diablo
En el mundo inconsciente.

¿Qué sueños húmedos
Soñarán
Los renacuajos?

Mi perro
Sueña
Que es el niño dios.

Hay camas
Que no tienen
Soñadores.

Hay elfos
Que no sueñan
Por mirar la luna.

La ropa del sueño
Se lava
De noche.

El sueño tiene
La estructura
De un fotón.

Mi cama:
Un huerto
De frutas neuronales.

Donde sueñan dos,
Ahí,
Está la humanidad.

Hay sueños
Que embarazan
Vírgenes.

Sueño sin recuerdo
Es pérdida
De espíritu.

La luna sueña
Que tiene
Una cara oscura.

Mosquito infernal.
Envenenador
De sueños.

Al insomne
Se le escapa el alma
Por los OJOS.

No hay mal sueño
Sino
Mal soñador.

La mosca,
Emperatriz de la mierda,
Soñó nuestra política.

El ataúd
Es una cama
Con paredes.

EL PUENTE DEL USURERO


Sobre el río de las Ánforas el Puente del Usurero era la única vía para cruzar de un lado a otro del vallejo. Un trasgo viejo y remolón lo custodiaba. Se plantaba frente a los caminantes y, sin chistar, extendía su brazo huesudo y con uñas de obsidiana exigiendo peaje: dos monedas de plata o su equivalente en mercancía. Nadie pasaba sin pagar o dar. Nadie. Según contaban los pobladores de la región, el trasgo llevaba siglos ejerciendo su tiranía. Se adjudicaba la construcción del puente en épocas remotas y, además, amenazaba con reclamar toda la región para su raza si los  hombres osaban desacatar su mandato.
     Así pasaban las monjas sudorosas:
     -Hermano trasgo.
     -Son dos monedas de plata. No soy hermano de nadie.
-Sólo traemos licor de huevo.
-Entonces dadme seis botellas.
-Son de a litro.
-Cuatro serán suficientes.
-Gracias, hermano trasgo.
-No soy hermando de nadie.
Cruzaban las monjas arremangándonse el hábito para no tocar las piedras del puente, pues en secreto advertían que habían sido colocadas por el mismo Satanás en tiempos de desatino.
Así pasaban los arrieros:
-Compadre trasgo.
-Son dos monedas de plata. No soy compadre de nadie.
-Te ofrecemos un real de harina.
-Dos reales.
-Dos reales. Va. Toma, compadre trasgo.
-No soy compadre de nadie.
Con todo y acémilas, los arrieros hacían cantar las piedras del puente como marimba de ultratumba.
Así pasaban los peregrinos:
-Dios os guarde.
-Yo me guardo solo. Son dos monedas de plata.
-¿Y qué tal una guitarra de pino?
-Muy bien, pero sin cuerdas.
-Dios os lo pague.
-Vosotros sois los los que pagáis. Andando y a darle. ¡Vamos!
Los peregrinos se perdían por la curva de la cuesta cantando jaculatorias y salmos que hacían escupir bilis al trasgo.
Así pasaban los pastores:
-Señor del río.
-Vosotros sabéis.
-Las ovejas van gratis, ¿de acuerdo?
-Claro, pero son dos monedas de plata.
-Eso, aquí están.
-Buenas monedas de plata, ricas para morder. Conservan la leche y vuelven azul el mundo. Andad, pasad vuestros animales. El río es el río.
Balidos y más balidos agradecían al trasgo y se perdían en seguida, remolineando en los pastizales de la colina.
Pero un día llegó el ciclista.
-Son dos monedas de plata.
-No tengo nada.
-Entonces tu aparato endemoniado.
-No se da.
-Entonces no pasaréis.
-Estoy más allá de todos los poderes. Incluso del vuestro.
-El río no os dejará.
-Ya veremos.
El ciclista se montó la bicicleta sobre el hombro y, sin más preámbulos, bajó a la vera del río y puso un pie en el agua. En seguida, con la mayor facilidad, atravesó el cauce y se encontró muy pronto del otro lado. Sin mirar al trasgo, subió a su vehículo y pedaleó hasta perderse en lontananza. Al instante, el puente y el trasgo desaparecieron en un crujido de neblina. Desde entonces,  un vado de guijarros amarillos abrió paso para todos los habitantes de aquel vallejo.

EL ACORDEONISTA DE MÁMELIN



Era víspera del día de San Juan cuando el Honorable Ayuntamiento de Mámelin decidió por unanimidad convocar al acordeonista. Éste se  presentó dos horas más tarde, pues  habitaba en uno de los arrabales de la ciudad, entre callejuelas de lodo y suciedad, como proscrito, sospechoso de ostentar poderes antiguos y diabólicos.  En esta ocasión, sin embargo, los mamelinenses olvidarían toda sutileza teológica y legal, toda burocracia aletargante, ya que la necesidad apremiaba y el desastre revoloteaba sobre las torres de las iglesias  y los relojes de los palacios.
-¿Para qué me llamaron? –Preguntó sin preámbulos el acordeonista una vez afincado frente al ayuntamiento.
-Para que te lleves a todos los niños de Mámelin con tus encantamientos. –Declaró el Alcalde.
-¿No son acaso los niños el futuro de toda ciudad? ¿Por qué, entonces, me piden que los haga desaparecer?
-Porque han sido poseídos, todos y cada uno, por los mil demonios liberados en las montañas del norte. –Cuando el Alcalde terminó de dar sus razones, el resto del ayuntamiento y los mamelinenses que se habían dado cita en la plaza principal hicieron gestos y señas para ahuyentar el  mal.
-¿No  hay por ventura sacerdotes exorcistas en este lugar?
-Lo han intentado en vano.
-He oído que poseen el mejor cuerpo de  médicos en el imperio.
-Su ciencia no alcanza para algo tan tenebroso.
-¿Y si todo esto es una equivocación?
-No puede haber equivocación. Hemos perdido ya a nuestros hijos. Esos cuerpos que pululan por las calles no son más que carne infestada por el maligno y sus huestes. No podemos tolerar más esta maldición. Estamos vencidos, salvo que tú, acordeonista, te los lleves adonde nunca más nos causen dolor y espanto. Danos tu precio, exige tus condiciones, nosotros cumpliremos lo que pidas.
El acordeonista calló mientras aspiraba con delicadeza el aire pesado de la plaza del ayuntamiento. Todo mundo  guardó silencio con él. Entonces se escucharon las voces de los niños, lejanas, persistentes,  numerosas. El acordeonista cerró los ojos, levantó el mentón y dijo:
-Lo haré. Sólo les pido a todos  congregarse en el Prado de los Alcatraces y montar la más grande fiesta que nunca hayan dado para la ciudad. Necesito que las calles y edificios permanezcan solitarios para poder lograr la limpieza. Sólo yo y los niños. No cobraré un céntimo.
El alcalde palideció. Abrió lentamente su boca y, dejando escapar un suspiro,  dijo:
-Mámelin hará como digas.
-Y, señor Alcalde, que todas las iglesias permanezcan abiertas.  Lo demás puede ser asegurado.
Los habitantes de Mámelin pusieron manos a la obra. Para el crepúsculo,  el Prado de los Alcatraces lucía con todo su esplendor bajo las luces de los faroles y las fogatas. Los adultos se habían congregado en su totalidad llevando todo tipo de delicias gastronómicas así como barriles de cerveza y cosechas enteras de los mejores vinos. Todas las bandas de música se encontraban en plena efervescencia, mientras las parejas bailaban, se emborrachaban y, con el caminar de la noche, se iban perdiendo entre los arbustos secos. El alcalde y el obispo, máximas autoridades de Mámelin, habían declarado día de fiesta permisiva: el ruido tenía que ser inmenso, pues nadie deseaba percatarse de los procedimientos que el acordeonista utilizaría para acabar con la peste de niños poseídos.
La noche maduró como tubérculo salvaje.
La fiesta devino en orgía. El temor se había disipado.
Los niños de Mámelin acudieron al llamado del acordeonista, quien prodigaba sus notas y ensalmos con un poder más simple y más sencillo que las mentes retorcidas y perversas de los mamelinenses. Entraron en los templos y los despojaron de sus velas y cirios. Poco a poco las calles de la ciudad lucían una procesión de lucecitas que se incorporaban a la gran vía y seguían a una figura danzarina que hacía oscilar un fuelle mágico.
Dejaron atrás los grandes edificios, las cúpulas y torres, las últimas casas y  arrabales; salieron al despoblado y entroncaron por el camino de los perales, el único que llevaba al Prado de los Alcatraces, que por aquella época del año era un amasijo de arbustos y pastos deshidratados rodeado por los bosques de encinos propios de la región.
La procesión de niños encantados era una serpiente ígnea. Y la serpiente mordió a la presa y le inyectó el veneno más ardiente y destructor que los demonios puedan conjurar. Los encinos, los arbustos y los pastos fulgurantes devoraron a todos los habitantes de Mámelin. La música del acordeón cesó por la mañana, cuando las cenizas comenzaron a posarse sobre las teclas erosionadas.
Los niños volvieron a la ciudad. Sonreían. Desde entonces, el acordeonista los gobierna y ha echado sobre ellos un encantamiento de alegría y luz que no envejece.

El niño que no quería tomar agua


Hay una luz incierta en el fondo de los libros que no tienen letras... (Encíclica Pedagógica III. REVERENDAS MADRES CICLISTAS)

Siempre estaba en los jardines. Se llamaba Mariano, un niño en apariencia normal: ni gordo ni flaco. Ni alto ni bajo. Ni rubio ni moreno. Era simplemente un niño con muchas ganas de pasar el tiempo en los jardines.
Su casa se encontraba en una zona de la ciudad gris que no era tan gris, pues  algunos parques y jardines se habían conservado. En otros sitios los empresarios y el gobierno los habían convertido en estacionamientos o negocios para señoras que gastan y gastan el dinero en tonterías, que conducen un castillo  de violencia arrolladora y que piensan que el mundo es la casa y el centro comercial.
La mamá de Mariano lo dejaba salir porque áun no habían llegado los dragones morados a aquella zona del país.
-Mariano –le decía-, mientras no  llegue la invasión, vuelve antes de que oscurezca. Y toma agua.
Mariano, más o menos odediente, volvía siempre antes de que la última pluma de luz se le cayera al sol. Sin embargo, nunca tomaba agua.
Mariano –le recordaba su mamá-, no puedes estar toda la tarde en los parques o en las casas de tus amigos sin tomar agua. Mira cómo traes el color.
Y entonces, la  mamá de Mariano lo sentaba en el taburete de la cocina, el mismo donde le cortaban el pelo, y lo hacían tomar un gran vaso de agua antes de bañarse.
-El agua, Mariano –explicaba su madre-, es más importante que tus juegos, tus parques y tus ilusiones.
Mariano asentía pateando el suelo y en seguida desaparecía por entre las plantas de la sala para llegar a su cuarto, desvestirse y entrar a la ducha, en donde, después de vomitar el agua, sentía que su piel volvía a la normalidad.
Pero el agua, al fin y al cabo, no le interesaba. Cuando por fin se quedaba dormido, su pantalla onírica se llenaba de  fuegos que devoradores que  convertían los árboles en manos huesudas apuntando al sol. Había desiertos calcinados y ciudades humeantes. Lechos secos de ríos y orillas de océano cubiertas por las pieles deshidratadas de millones de serpientes; un ejército de ofidios que  había pasado por ahí, buscando el mar, y que sólo había encontrado en la orilla un abismo sin agua, sin luz, sin fuego... la frontera de los sueños de Mariano.
¿A dónde habían ido las serpientes? ¿De dónde habían venido? Si pasaron más allá de la orilla, entonces había algo que mirar después y valía la pena dejar la piel en la playa.
Cuando despertaba Mariano sentía en su boca, en su tráquea y en su estómago lo concreto de aquel sueño recurrente. Lanzaba una mirada a la ventana, a la luz temprana y luego se levantaba para ir a la escuela ignorando el vaso de agua que su madre le ponía en el buró.
Esa mañana, cuando caminaba por la calle N-56-ñÑÑÑ, los dragones morados aparecieron sorpresivamente  en el horizonte gris de la ciudad.
El caos fue total. Y Mariano dejó caer su cantimplora sobre el asfalto. De cualquier forma, nunca tomaba agua ni en el camino de ida, ni en la escuela, ni en el camino de vuelta. A veces, cuando hacía mucho calor y trasponía la puerta de su casa, su madre lo miraba e inmediatamente lo regañaba porque el color verdoso de su piel delataba la deshidratación.
Aquella mañana que llegaron los dragones morados, Mariano se  refugió en los jardines. Como había corrido y como los edificios comenzaban a saltar en llamas, el poco sudor que salía por sus poros estaba agotado. Se tendió sobre la hierba, la única cosa llena de agua que le gustaba, y miró las columnas de humo que se confundían con las alas crispadas de los atacantes.
Entre delirios, escuchaba la voz de su madre: TOMA AGUA, TOMA AGUA, TOMA AGUA. Pero pronto se sintió más en el mundo de los sueños que en la casa.
No había tristeza, no había dolor, no había remordimiento. La sensación de un fuego inmenso que lo envolvía le parecía más placentera que nada que hubiera vivido con  anterioridad.
Una dragón bajó y  se posó sobre un claro en los jardines. Los árboles crepitaban.  Antes de calcinarlo todo, miró una luz pequeña, como una piedra preciosa, brillando inocentemente entre las  hierbas.
Atraído por la joya, el dragón tomó a Mariano, lo elevó por los aires y voló lejos de la ciudad, seducido más por el tesoro encontrado que por la victoria contra los hombres.
Voló y voló, dejando atrás valles y sierras, rebanando nubes, hasta que llegó al mar.
Mariano, en un último chispazo de conciencia, vio cómo su piel caía al abismo en una sola pieza,  seca y escamosa.
La pantalla onírica se abrió y, entonces,  vio un nido de fuego en la cima de un risco. Cinco huevos dorados lo rodeaban.
Brillaban como tizones.
Ardían por dentro.
Se removió en sí mismo y decidió esperar, cerrando por completo la pantalla, acurrucándose en el espacio añorado que existía más allá del mar.

Los sométicos


Eran babas amarillas las que se desgranaban de las copas humeantes. A la entrada del vergel, luego del pórtico de mármol, las velas a medio consumir iluminaban los despojos de la bacanal que estaba por terminar. El sátiro contratado, que llegaba tarde, penetró en la semipenumbra para ofrecer sus servicios. Lejos, más allá del sendero bordeado por manzanos en flor, entre la floresta, se escuchaban los sonidos del placer que se desvanece justo antes del alba. El sátiro asió bien su canasta  y caminó en silencio, mirando las pistas que debía seguir, abultando su sonrisa en los labios verticales de la humedad estival.
     Sus pezuñas se empapaban con el lodazal. Sus cuernos estaban a punto de echar chispas.  Su cola canosa se arremolinaba inquieta. La melena, encriznejada y que le brotaba desde medio cráneo hasta la espalda baja, comenzaba a ponerse hirsuta.
     Cuando salió del sendero y atravesó el arroyo, el sátiro se coló por entre el follaje bajo de la floresta. Casi ya no había luz de velas, casi ya no había oscuridad nocturna... al este se podría la noche carcomida por endebles gusanos de luz. El sátiro miró la escena, contempló a todos esos sométicos  celebrando la vida,  abrió su canasta y arrojó los redruejos que cayeron como piedras preciosas entre los cuerpos hermosos. 
     El sátiro babeó.
     Eran babas amarillas.