En el Castillo de las Cuarenta Puertas el Mórbido Gútur custodiaba la única que podía abrirse hacia el Mundo.
Era la Puerta de las Realidades Obcecadas.
A ella, un día crepuscular previo al solsticio de invierno, llegó la Princesa Plástak en busca de los secretos. En su corona lucían los azahares imperecederos y el brillo de sus ojos se remontaba al ocaso de los inicios. Su talle esbelto y firme irradiaba majestad. Su andar moderado era casi imperceptible.
Cuando el Mórbido Gútur la vio venir se sorprendió de su belleza y de lo cerca que había logrado penetrar en los pensiles externos.
No llegaría más lejos. Nunca nadie lo había conseguido.
La princesa se detuvo frente a él y lo miró con la profundidad de una mina ciclópea.
-Cruzar esta puerta es imposible –advirtió el Gigante con una voz espantable-. Soy el Mórbido Gútur y he matado a treinta y nueve reyes osados. Vuelve por donde has venido.
-Vuelve tú a la roca de la que saliste y ábreme paso, que mi asunto es el último.
La voz de la Princesa tuvo en Gútur el efecto de una marejada de montañas. El gigante se desvaneció y, antes de caer, sus miembros y su torso colapsaron en un polvo granuloso. Su cabeza erizada se hundió en las jardineras de los pensiles.
Plástak abatió la Puerta de las Realidades Obcecadas y penetró en el Castillo de las Cuarenta Puertas.
Atravesó patios, subió escalinatas, caminó salones, se miró en espejos inimaginables, bebió de fuentes estelares…Todo como si conociera perfectamente aquel laberinto legendario. Al fin llegó a La Sala de los Gritos. En ella moraba el Coleccionista.
-He venido a dar mi tributo.
Dijo ella mientras el Coleccionista hacía girar los goznes de la estancia y dejaba ante la vista de la princesa un gran espacio zurcado por canales y repleto de frascos de vidrio por todos lados: en el suelo, sobre mesas, en estanterías, colgados del techo, en repisas…
-¿Sabes ya lo que colecciono? –Preguntó mientras sus zarpas deshacían el listón de la capa dorada de la princesa.
-Sí –contestó ella con el aplomo del mundo-, el castillo me ha revelado sus secretos.
-Me estremezco por primera vez. –Dijo el Coleccionista-. ¿Estás preparada?
-Es el último protocolo. Sí.
Y la tomó en sus brazos como si la amara, mas atravesándola con sus garras inmaculadas.
El grito de la Princesa dislocó las puertas del castillo. Era un grito como nunca había sido proferido.
El Coleccionista lo sabía y se apresuró a tomarlo entre sus fauces, saborearlo, sentir cómo vibraba en su hocico. Después lo depositó en un frasco, el más fuerte y majestuoso de todos cuantos tenía. Allí quedó encerrado para siempre el grito de la Princesa, a pesar de que el castillo fuera tomado y las tumbas de los reyes encontradas. A pesar de los ejércitos que desmantelaron las murallas y los contrafuertes piedra por piedra. A pesar de todas las voluntades, pues La Sala de los Gritos, ajena a toda puerta, no tenía entrada ni salida, sólo goznes que giraban haciendo cambiar los destinos.
Era la Puerta de las Realidades Obcecadas.
A ella, un día crepuscular previo al solsticio de invierno, llegó la Princesa Plástak en busca de los secretos. En su corona lucían los azahares imperecederos y el brillo de sus ojos se remontaba al ocaso de los inicios. Su talle esbelto y firme irradiaba majestad. Su andar moderado era casi imperceptible.
Cuando el Mórbido Gútur la vio venir se sorprendió de su belleza y de lo cerca que había logrado penetrar en los pensiles externos.
No llegaría más lejos. Nunca nadie lo había conseguido.
La princesa se detuvo frente a él y lo miró con la profundidad de una mina ciclópea.
-Cruzar esta puerta es imposible –advirtió el Gigante con una voz espantable-. Soy el Mórbido Gútur y he matado a treinta y nueve reyes osados. Vuelve por donde has venido.
-Vuelve tú a la roca de la que saliste y ábreme paso, que mi asunto es el último.
La voz de la Princesa tuvo en Gútur el efecto de una marejada de montañas. El gigante se desvaneció y, antes de caer, sus miembros y su torso colapsaron en un polvo granuloso. Su cabeza erizada se hundió en las jardineras de los pensiles.
Plástak abatió la Puerta de las Realidades Obcecadas y penetró en el Castillo de las Cuarenta Puertas.
Atravesó patios, subió escalinatas, caminó salones, se miró en espejos inimaginables, bebió de fuentes estelares…Todo como si conociera perfectamente aquel laberinto legendario. Al fin llegó a La Sala de los Gritos. En ella moraba el Coleccionista.
-He venido a dar mi tributo.
Dijo ella mientras el Coleccionista hacía girar los goznes de la estancia y dejaba ante la vista de la princesa un gran espacio zurcado por canales y repleto de frascos de vidrio por todos lados: en el suelo, sobre mesas, en estanterías, colgados del techo, en repisas…
-¿Sabes ya lo que colecciono? –Preguntó mientras sus zarpas deshacían el listón de la capa dorada de la princesa.
-Sí –contestó ella con el aplomo del mundo-, el castillo me ha revelado sus secretos.
-Me estremezco por primera vez. –Dijo el Coleccionista-. ¿Estás preparada?
-Es el último protocolo. Sí.
Y la tomó en sus brazos como si la amara, mas atravesándola con sus garras inmaculadas.
El grito de la Princesa dislocó las puertas del castillo. Era un grito como nunca había sido proferido.
El Coleccionista lo sabía y se apresuró a tomarlo entre sus fauces, saborearlo, sentir cómo vibraba en su hocico. Después lo depositó en un frasco, el más fuerte y majestuoso de todos cuantos tenía. Allí quedó encerrado para siempre el grito de la Princesa, a pesar de que el castillo fuera tomado y las tumbas de los reyes encontradas. A pesar de los ejércitos que desmantelaron las murallas y los contrafuertes piedra por piedra. A pesar de todas las voluntades, pues La Sala de los Gritos, ajena a toda puerta, no tenía entrada ni salida, sólo goznes que giraban haciendo cambiar los destinos.