SEIS PERICOS


Parece ser que fue porque tenían seis pericos, sí, eso parecía. La familia entera había desaparecido un sábado por la mañana. Sobre el comedor se encontró el cuerpo desnudo y mutilado de la muchacha que tenían contratada para el servicio doméstico. Había un reguero de tripas que iba desde el comedor hasta la puerta principal. La puerta se encontró abierta y... sí, por la casa pululaban seis pericos hambrientos que, ante la falta de comida, picotearon hasta el cansancio los miembros cercenados, la piel amoratada, los ojos desorbitados y todo lo que pudieron de la ya afamada entre las bocas de la ciudad como CHACHA de los PERICOS.
Dejaron una manta. Una manta grande y con letras moradas. La gente lo decía por todos lados, sí, que la manta  responsabilizaba al Cartel de los Evangélicos como los responsables del múltiple secuestro y del asesinato. También decían que los habían secuestrado porque tenían seis pericos.
Era sábado por la mañana, pero también ese día era la resaca de la fiesta de graduación de Justino Viveros,  quien  había llenado de chicos y chicas la casa de sus padres y contratado un DJ para que no dejara de tocar por 30 horas y que había, además,  aprovisionado a todos sus invitados con las tachas necesarias para aguantar los pies en marcha hasta que no quedara una pizca de jardín ni una losa viva. Los jóvenes iban y venían como zombies, con vasos y botellas en la mano, desarrapados. Ya nadie hablaba, sólo se escuchaba el monótono ritmo de la música botada por el DJ. La mayoría movía su cuerpo a destiempo. La mayoría apestaba a una mezcla de alcohol, tabaco, mariguana, sudor, sexo y sanitario tapado. Las chicas se dejaban tocar o caían dormidas en modus de fulminación divina.
Esta fiesta me había venido muy bien, ya que los vecinos histéricos estarían sacándose las uñas a mordidas mientras averiguaban cómo acabar con esa bestia ruidosa que no dejaba dormir. Así que desde la madrugada, sin una gota de sueño, preparé todo lo necesario para limpiar a fondo mi casa: cloro, detergente, estropajos, piedra pómex, escoba, trapeador, jerga, palillos, lijas, fibra, aspiradora, bolsas negras, cubetas, recogedor y guantes. Haría mucho ruido, por eso amé con todo mi corazón a Justino Viveros. A ratos me asomaba por la ventana que daba a su jardín, y veía el pandemonium de todos esos adolescentes vestidos como muñequitos y también veía de vez en cuando un seno al aire. Y pensaba en las ojeras que debían estársele colgando a doña Píndara de sus ojos de sapo atropellado. Vieja mala copa, hija de su soledad. Ahora sí que no vendría a tocar, ni a molestar con su sonsonete de estás haciendo ruido y no dejas dormir.
Prendí todas las luces de la casa y me puse a trabajar duro.
Con ese fiestonón nadie terminaría; nadie se atrevería a decir algo en contra, nadie. Todo mundo sabía muy bien quiénes eran los padres de Justino Viveros. Aún así no me hubiera extrañado que doña Píndara se armara con su bata azul y sus tubos sesenteros, se calzara sus chanclas de gallito y fuera a darles tremenda gritoniza. La  hubieran mandado a la chingada.
Pero ese día, como las ondas de un sismo apocalíptico, la noticia de los pericos se extendió por todos lados desde las primeras horas. Yo me enteré porque había dejado prendida la televisión a todo lo que daba. Estaba lavando el baño de visitas, sacándole esas manchas que parecían eternas, husmeando con la piedra pómex hasta en lo más recóndito de los lugares oscuros, cuando escuché las noticias. Pero también estuve saliendo constantemente, incluso antes del alba, pues necesitaba comprar algunos productos y tampoco tenía gran cosa para el desayuno. Entonces me di cuenta de cómo la gente lo comentaba, lo depositaba masticado de su boca al oído del vecino. La gente caminaba contenida y miraba dos veces antes de entrar a su casa. Y decían que había sido por los pericos.
Risa, me daba mucha risa pensar, sí, en doña Píndara, que tenía dos pericos verdes y chillones como niños de maternal. La vi venir en chinga cuando yo intentaba abrir el portón ese que siempre se atasca. Ni me miró, ni me saludó. O venía de la tienda y ya se había enterado, o la acababan de mandar a la chingada en la casa de los Viveros. Pero seguro que ya se había enterado, porque de inmediato vi que se encendía la luz de su sala, sí, ahí donde tenía la televisión. Seguramente ya no daría más lata en todo el día inmersa en su paranoia, ahora que mataban gente por tener pericos...
Estúpidos.
Entré a mi casa y eché un vistazo a la fiesta de Justino. Por cierto que lo vi por fin, ahogado en la inconciencia, pero feliz con sus amigos, bailando sin ritmo, esperando los primeros rayos directos del sol, sacándose un moco y embarrándoselo a la primera chica que se encontró tirada al lado de una gran vomitada con pedacera de botanas que me recordó todo el trabajo que me quedaba por delante.
La mañana fue avanzando lentamente. Puse mucho café y desayuné bastante para poder aguantar  durante todo el día. Comenzaba a juntarse la basura y, como no me gusta ver las bolsas negras en la cochera, pues las iba sacando periódicamente. De hecho, como tenía ganas de estar jodiéndolos a todos, a mi manera, iba dejando las bolsas en distintos lugares: una la puse justo en la puerta de doña Píndara, otra junto al coche de alguno de los invitados de Justino, otra más en la esquina. Ya iría pensando, durante el transcurso del día, dónde dejar las demás, pues en verdad tenía mucha basura que sacar y pensaba limpiar cada rincón de la casa.
La familia secuestrada resultó ser muy pudiente pero intachable. Todo mundo se preguntaba si tener seis pericos era motivo suficiente para tremendo  hecho.  La chacha a nadie le importaba, pues su destino era de sobra conocido. Y además, esas mantas que iban apareciendo y daban información sobre los desaparecidos y amenazaban a la sociedad... Esas mantas que se incorporaban a un juego siniestro de “quién será el siguiente”. Esas mantas que prometían que nunca volveríamos a ver a la familia de los pericos. Esas mantas de las que todos estaban hablando y que yo nunca vi por ningún lado mientras iba y venía por la colonia y por la Avenida de los Estandartes para comprar  más cloro u otra escoba, o simplemente para despejarme un rato y fumar.
Me puse a caminar hacia la Torre de la Tecnología y miraba las aceras grises, las caras atormentadas y los edificios gigantescos, viejos y desproporcionados que se elevaban a ambos lados de la avenida. Qué rico sabe el cigarrito cuando los días son fríos. Es el único humo que arremete un poco contra la peste cotidiana de esta ciudad. Si dejo de fumar comienzan los olores quisquillosos: semen, mierda, menstruo, grasa, comida podrida,  carne cruda, cuero cabelludo de seborreica, fruta pasada, axila de puberto, sudor, perro mojado, pies de anciano, tanga de quinceañera, uñas mugrosas, ano en general y todo lo que pueda mezclarse en el sistema de drenaje. Todo lo que fluye como gusano carcomedor por las paredes y por debajo de la ciudad y deja un aura tan sólida en la atmósfera como si casi uno fuera parte del masacote.
Volví a la casa y miré de nuevo la fiesta de Justino. Y vi que habían cobrado nuevos bríos. ¿Una tanda más de tachas? No sé, pero todos esos adolescentes al borde de la elevación tántrica a güevo, me parecieron sacos de mierda listos para ser embalados y llevados a otro planeta como muestra de nuestra noble y profunda humanidad. Antes de continuar limpiando, columbré a un par de mocosos fornicando por detrás de unos arbustos. Vaya, y afuera, en el mundo real, la gente estaba horrorizada por culpa de seis pericos.
Sentí náuseas de sólo pensar en los olores... Huí a la cocina, puse más café y comencé a fregar el piso mientras olvidaba todo  asunto corporal. ¡Cómo se emperran las manchas entre las losas! ¡Cómo la oscuridad del infierno se cuela con su grasa  y su sarro! ¡De qué poderes malignos gozan las cucarachas para ser omnipresentes y reproducirse aún más que la estirpe de Adán! ¡Parece que el polvo genera almas minúsculas en las morusas que va creando tras los muebles, sobre todo tras el refrigerador!
¡El refrigerador! Tanta cosa vieja ahí y seguramente pasada o echada a perder. Era momento de llenar otra bolsa negra.  Va, toda esa carne congelada,  y la descongelada también, hoy no pienso cocinar nada, comeré en la calle. ¿Desde cuándo están esas berenjenas escondidas entre la ensalada del martes y la jarra de agua de jamaica?  Hasta voy a tirar los huevos, y los jitomates, y el cilantro seco, y todo, todo. No quiero nada que apeste.
Iba llenando la bolsa negra, iba dando un sorbo al café. Y entonces, entre las ondas monótonas de la música de Justino y las voces fingidas de los reporteros y conductores en la televisión, vi cómo escurría una melcocha carnosa y granate de un agujerito que se le había hecho a la bolsa. Parecía algo vivo y caliente, aparentemente determinado a tomar forma en cuanto tocara el piso y comenzara a desparramarse. Como si de aquello fuera a surgir un ser superior e inigualable, un redentor de la carne que sufría, un mesías estólido creado a imagen y semejanza del padre con ubres que lo mandaba al mundo de la grasa y de los pelos,  una aparición de la virgen como gran vagina cruda y sangrante, hambrienta y dispuesta a embarrarlo todo con sus fluidos purificadores. Un ano del principio de los tiempos, razón de la existencia y de la profundidad del cosmos, pero lleno de mierda.
No podría soportarlo.
Miré que la puerta del patio estaba abierta. Le di un patadón a la bolsa y ésta salió volando, rodó por la cochera, y dejó salir algo de su contenido. No me importaba, pues la cochera era lo último que limpiaría. El piso de la cocina debía permanecer incólume y las revelacions canceladas para la eternidad.
Le di otro sorbo al café y me dejé impulsar un poco por la música de la fiesta de graduación de Justino. ¿Qué demonios iba a estudiar ahora el mocoso? ¿Leyes? ¿Ingeniería? ¿Administración? Creo que nunca le puse atención cuando venía a pedirme cigarros y terminaba tomándose de paso dos o tres caballitos de tequila.  Lo cierto es que sus papás lo habían inscrito en una de las universidades más caras del país, ésas en donde todos pasan y son exitosos mientras no se deba un quinto. Qué mierda. Yo le decía al muchacho que mejor se largara a otro lugar donde mínimo pudiera aprender algo, aunque estoy seguro que no todo es tan diferente en otros sitios. O que mínimo se conformara con la prepa, porque lo demás se aprende mejor siendo autodidacta o trabajando.  Pero yo le veía la cara, escuchaba sus palabras y asumía que era el vil producto fecal de sus progenitores. Pobre bestia. Ni modo. Su única redención era la juventud y tal cosa camina veloz por el intestino del tiempo.
En cuanto terminé de limpiar la cocina arreglé el cochinero de la bolsa que seguía palpitando en la cochera. Todo lo metí en una más grande, le hice un muy buen nudo y, muy discretamente, la arrojé al jardín de los Viveros en un momento de letargia en el convite bipolar que seguía celebrándose sin trazas de parar nunca.
Después limpié la cochera, le eché mucha agua. Y vi que mi trabajo estaba terminado.
La música era la misma. Ya llevaban más de veinticuatro horas. A estas alturas doña Píndara estaría al borde del colapso. Me encantaría verla saltar desde su balaustrada y escuchar sus huesillos crujir contra el empedrado del sendero de su jardín. Pero el hambre me mataba y tenía que ir a comer. Tomé la última bolsa negra y la boté de paso en la esquina de mi calle y la Avenida de los Estandartes.
El misterio la familia secuestrada ardía en las bocas de los ciudadanos. La gente se miraba con recelo y la calle comenzaba a ponerse demasiado tranquila para ser  tarde de sábado.  Comí deliciosamente en el restaurante Chez la Viande y regresé a la casa con toda tranquilidad, fumándome un cigarrillo de vez en cuando. Entrando a la colonia, justo donde comenzaba la primera hilera de residencias, comencé a ver  las jaulas en la calle, las jaulas de todos esos pobres pericos que ya nadie quería y que dieron forma y nombre a ese famoso sábado en la historia nacional.
Yo, por mi parte, abrí sonriendo el portón mientras pisaba la colilla del último cigarro. La casa estaba limpia, la casa estaba sola. Ya no había cuerpos, ya no había sangre, ya no había miembros. Era finalmente un ser independiente, sin madre ni padre, sin hermanos, sin cuñadas ni cuñados y sin sobrinos que demandaran tiempo, atenciones, dinero y energías.  Y, lo más aliviador, sin tener que regalarle a la abuela un perico cada navidad porque, según ella, para el año nuevo ya no llegaría...

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