LA PRINCESA QUE NO SE PODÍA PEER

Hace mucho tiempo, en el País de las Buenas Maneras, vivía la princesa que no se podía peer. Constreñida por los lineamientos de Palacio y vigilada estrictamente por sus ayas, buscaba la forma de escapar y satisfacer su deseo. El rey, su padre, sospechando las intenciones de su hija, mandó cerrar cualquier vía de escape, incluso las claraboyas inmundas que comunicaban con el país vecino, cuyo nombre nunca era pronunciado.
   -Merdaza -le dijo un día en que la sorprendió mirando más allá del horizonte-, mi poder se extiende por encima de tus deseos. Te supera y te abarca. Soy el rey y tú, la última descendiente del linaje de los Peristaltos.
   Ella fingió sometimiento y, como todas las noches, se perdió en la negrura de sus sábanas. Cerró los ojos y pidió indulgencia a los Poderes. Fue entonces que una voz velada depositó en sus oídos un mensaje misterioso.
   "Merdaza, despierta, tus ruegos han sido escuchados. Construye un ala delta con tus sábanas y los travesaños de tu ropero. Huye lejos, ahora, antes de que la aurora nos venza". 
   Y así lo hizo.
   Y despegó desde su balcón marmóreo.
   Y voló y voló por encima de torreones, murallas y cúpulas; voló hasta que el sol cruzó el cielo y comenzó a hundirse por detrás de las montañas del país vecino. 
   Pronto sus pies pisaron suelo extranjero y, sabiéndose más allá de la influencia de su padre, el rey, Merdaza soltó el vientre contenido años atrás. Al momento, como si las trompas de un palacio hubieran anunciado su llegada, los embajadores de aquel país se descolgaron de un gran cedro y la recibieron con todos los honores, la montaron en un carruaje ventilado y la convirtieron en esposa de su rey. 
   Desde entonces, vivió feliz y peyéndose por el resto de sus días.

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