Así es, señora Terríquez, así es –decía el inspector mientras le entregaba los resultados de peso, masa y grasa corporales a la aludida-. El estado deberá proceder si usted no presenta cambios cuantificables en dos semanas, ¿escuchó? Sólo tiene dos semanas para no ser sujeto de proceso. Parece que no conoce la ley, así que le recomiendo una refrescadita. Aquí es cuando sirve de algo leer, ¿le queda claro? Ahora, retírese que debemos seguir entregando más resultados.
La sra. Terríquez volvió caminando a su departamento. Prefirió subir las escaleras que utilizar el ascensor. Al llegar al piso décimo segundo su frente estaba perlada. Dos pisos más, y unos chorros de sudor escurrían hasta su cuello y comenzaban a oscurecer su blusa amarilla. En cuanto entró a su vivienda, se dejó caer en el sofá y suspiró.
-¿Cómo te fue en el seguro, mija? –Le preguntó su madre, una anciana en silla de ruedas que roía un hueso.
-Mal. Tengo dos semanas.
-¿Pero si has seguido la disciplina? No entiendo.
Dijo la anciana, se viró hacia el televisor prendido y siguió royendo su hueso.
La señora Terríquez se levantó y se dispuso a preparar la cena que, en realidad, sería muy ligera: un plato de frutas con miel para ella y un hueso para su madre. De tomar, agua simple, agua sola, agua pura.
-No entiendo, no entiendo. Algo debo estar haciendo mal. –Comentaba la sra. Terríquez a la mesa, sin necesidad de la intersubjetividad de la madre, que roía y roía su hueso.
-No entiendo, en verdad. Voy al trabajo caminando. Me la paso en joda toda la méndiga mañana, hasta las tres. No almuerzo. Luego voy al pinche mercado por la comida del día y preparo estas porquerías que apenas si llenan. Chingada madre, no entiendo.
-¿Me hablabas? –Dijo de pronto la anciana.
-¿Qué?, no. Estaba hablando sola.
-Tú estás loca, como tu hermana que en paz descanse y que murió antes de la Revolución Racista.
-¿Sabes una cosa, madre? Yo no sé porqué chingados no te han procesado a ti, inútil anciana decrépita buena para nada.
La madre se envaró en su silla de ruedas, escupió el hueso y gritó:
-¡Porque soy una revolucionaria, porque soy doctora en derecho y en sociología, porque soy un símbolo viviente de los cambios que sacaron a este país de la mierda¡ ¡Porque soy rubia, carajo! ¡Por eso! Ahora, deja de molestarme y preocúpate por tu problemita.
Volvió a tomar su hueso y no habló en muchos días.
La sra. Terríquez volvió a las dos semanas. Había sido imposible. Moría de hambre y se sentía exánime. Sin embargo, ella sabía que los resultados serían los mismos.
Esta vez el inspector entró acompañado de dos policías y un juez. Su cara tensa manifestaba abultamientos de venas y rictus punzantes que le porporcionaban una cara de embutido presionado por una mano de desquiciado.
-El Estado toma a su cargo este problema del cual se le advirtió, sra. Terríquez. Así es. La obesidad es un delito contra la nación, de omisión, pero delito. No podemos tolerar a la gente descuidada, ignorante, perezosa y sedentaria que, engordando mórbidamente, consume más que los demás, quita espacio, estorba en las instalaciones públicas. Ustedes entorpecen el progreso y la estabilidad económica y estética de la nación. Hasta parece que olvidaron la historia, cuando nuestros revolucionarios tuvieron que “procesar” a millones que no cumplían con esta sencilla ley.
Guardó silencio.
La sra. Terríquez lloraba.
-Sr. Juez, adelante.
Dijo el inspector.
-Los derechos de nuestros compatriotas han sido vulnerados a través de este exabrupto –sentenció el juez-. Usted, procesada en turno, tenía la obligación de mantener su esbeltez, como la tiene cualquier connacional. Será escoltada a los quirófanos para que nuestros médicos le apliquen la anestesia suficiente para poder aprovechar sus órganos sanos y, en seguida, aumentarán la dosis para que su delito no nos estorbe más. Firme aquí.
La sra. Terríquez firmó. Mientras lo hacía se enjugaba las lágrimas con la mano y luego se la secaba contra sus lonjas.
Tras unos momentos, se levantó y, seguida por los policías, salió del consultorio.
Tomado de: Baigorritz, M. A. G. A. , 2010. Cuentos de la Revolución Racista: una aproximación a la ciencia ficción sociológica. Tonalá, Editorial Meiga. Pp. 899-901.
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