Por el abad exonerado Fray Sacárido de San Hipoglucemo de la orden de los Mascabados
I. Tener senos cambiantes, manipulables, desnudables, quirurgizables, llenos de grasa y con aromas que los hombres de hoy en día han olvidado nominalizar. (Para poder darles nombre tendríamos que retroceder a las sociedades mediterráneas medievales, sobre todo a las del norte de África y a las de la Península Ibérica.)
II. Cuando detectan un macho de su mismta etnia con debilidad por la comida, fingir cocinar por el mero gusto de formular la ficción de la futura ama de casa.
III. Ser, por lo menos una sola vez en la vida, la encueratriz calva en un cine cuyas alfombras apesten peor que vestidores de tienda de ropa en Egipto.
IV. Sin ser vistas, ni oídas, ni percibidas… Escucharlo todo.
V. Frente al espejo, en la claridad tenebrosa de sus aposentos, junto a retortas y alambiques disimulados, gobernar las artes diabólicas de la alquimia del maquillaje para engañar cínicamente a la luz del sol, que casi todo lo vuelve verdadero.
VI. Tejer. (Ésta es la palabra más polisémica de todo el Elucidarium.)
VII. Poseer la capacidad innata y socialmente permitida de un dominio caprichoso de las inflexiones de la voz.
VIII. Acaparar el tiempo, el dinero, la voluntad y el pensamiento de los cortejantes, incluso de los prometidos… ulteriormente, si es posible, de los maridos. (No obstante los deseos carnales masculinos y todas las necesidades insaciables y súbitas que de ellos se desprenden escapaparán siempre a su poder.)
IX. Tener hijos.
X. Asumirse silenciosamente multiorgásmicas, aunque sean hipócritas, moralizantes, sobrinas de una monja desconocida y les guste que todo suceda con la luz apagada.
XI. Desde la altura más divina, ocultar su piel de cabronas con un fingimiento dócil, caduco, fragilísimo.
XII. Tener nietos.
XIII. Temer al diablo pero amar sus tentaciones.
XIV. Presentarse como las primeras voces que los nonatos oyen y los niños emulan.
XV. Ir con otra de su misma etnia al baño, retrete, tocador, necesaria o como se llame (tipo occidental, desde luego).
XVI. Cultivar la memoria en beneficio de la historia local y doméstica.
XVII. En el mismo cuento de hadas, poder ser el hada, la princesa y la bruja.
XVIII. Hablar, definitivamente, una lengua indoeuropea con alineamiento sintáctico nominativo-acusativo y/o de sujeto-objeto que utilizan para transformar del mismo modo la realidad extralingüística centrando su ego, obviamente, en la zona agentiva de la transitividad.
XIX. Atendiendo a lo anterior, ser expertas en la manipulación de la diátesis: sobra decir que se enfocarán como expertas en la voz pasiva y en las formas impersonales cuando les convenga.
XX. Ser las mejores aliadas de su peor enemigo: LAS OTRAS MUJERES.
XXI. De vez en cuando, si los tiempos lo ameritan y la esencia del grupo étnico se ve amenazada, arrojarse a las revoluciones emancipadoras y autonomizantes para que los hombres, que creen tener el poder, teman en verdad una vuelta al mítico matriarcado. (Un macho indoeuropeo actual no tiene ni la más mínima noción de lo que ello significaría.)
XXII. Aliarse estrechamente con lo machos homosexuales de su grupo para tener más información sobre el mundo masculino y no andar perdiendo el tiempo en tonterías.
XXIII. Para la palabra y la práctica social TONTERÍAS tener más de cien variedades, representaciones, acciones, hipocorísticos, sinónimos, antónimos, hiperónimos, etc. que no podemos explayar en este pequeño elucidarium.
XXIV. Poseer el arte de la trasnmutación: en perras, en zorras, en vacas, en víboras, en quimeras, en cerdos, etc.
XXV. Caminar por la calle.
XXVI. Violentar continuamente su fenotipo imponiendo una forma artificial, casi extraterrestre, de DASEIN sobre todo urbano.
XXVII. Embarazarse.
XXVIII. Poseer un progenitor humano de su mismo sexo.
XXIX. En cualquier lugar que pueda recibir sus posaderas, saber sentarse con gracia, con alegría, con tristeza, con pasión, con ira, con glamour, con prisa, etc. según sea la ocasión.
XXX. Contarles a los niños cuentos de brujas.
XXXI. Sanar más rápido, soportar más dolores y experimentar más longevidad que los hombres.
XXXII. Permitirse el conocimiento de este Elucidarium y aún así, saberse gobernadoras del siglo.
Dios todopoderoso nos libre del infierno, de los demonios que de él emanan y del terror de este plano mundano. Amén.
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