... ... ...

La bruja y el niñito
Traducido del serbio por M.A.G.A Baigorritz

Para A. Malvaldi

Seringa era una bruja poderosa y vivía en la cepa de un olmo vetusto que arrojaba sus raíces como garras a un costado del camino. Quien pasara repararía en el gran árbol, mas no en la bruja que lo observaba, desnuda, vieja, callosa y sucia como una raíz más escarbando en la tierra. Sus ojos eran como dos estrías ciñendo  un  par de nueces. Su nariz aguda tenía tantas verrugas que ya parecía un nabo carcomido. Su boca se escondía tras unos bigotes gruesos  y malolientes que le colgaban cual si fueran musgos y líquenes. De sus piernas y brazos, sólo la noche recóndita de la tierra podría haber dado cuenta…
     Casi nunca abandonaba su casa; detestaba, de hecho, la luz del mundo y su atmósfera amplia y brillante. Sus poderes la habían llevado a esa posición cómoda, discreta, alejada de cualquier sospecha y a la vez protegida del cercano mundo de los hombres.
   Seringa se alimentaba de niños. Ésa era su única debilidad, pues sin ellos su magia se habría esfumado rápidamente y su cuerpo nudoso desaparecido entre las raíces del olmo. Por eso esperaba las caravanas de comerciantes, las ferias itinerantes, las diligencias  y las romerías para extender sus sombras y atraer a su presa incauta. 
     Cuando los viajeros se acercaban, al ver el prado acogedor que comenzaba justo tras el olmo, decidían muchas veces hacer un alto, pasar la tarde o, incluso, acampar. El paraje se encontraba cuando menos a varias leguas de las grandes poblaciones, aunque por aquí y por allá se veían aldeas y ranchos diseminados.  Era pues en estas ocasiones cuando Seringa esperaba  que los niños se acercaran a ella, jugueteando, queriendo subir a lo más alto del olmo o escondiéndose entre sus raíces milenarias. Ella olía, sentía el tacto de las suaves manos, se crispaba con las vocecitas dulces, estimaba cuál sería la mejor presa y, finalmente, decidía cuál de aquellos niños caería bajo el hechizo y sería momentáneamente olvidado por los otros  que nunca más lo volverían a ver.
     Muchos niños se perdieron en el prado, muchas madres gritaron sus nombres y lloraron sus ausencias, muchas voces de las aldeas y ranchos cercanosn intuían que  aquel lugar no era recomendable para pasar la noche, ni siquiera los momentos de la tarde. Pero nadie advertía cómo Seringa mascaba y mascaba al niño asfixiado, rompiendo su ropa, desgarrando su piel y sus músculos, bebiendo la sangre, royendo sus huesos y devorando el alma. El olmo pasaba desapercibido para todos.
     Pero no siempre sería así.
     Un día, por las épocas de la romería, una  abuela ciega perdió a su nieto. El niñito, pequeño y de piel morena, tenía en los ojos los reflejos del espíritu de la tierra. Sus pestañas eran como los brocales de un pozo sin fondo y todos los que lo miraban quedaban encantados sin saber por qué. Como era muy pequeño, además, no faltó quien le diera de comer o lo cobijara por una o dos noches. Al final, la romería seguía y el niñito se separaba de los contingentes buscando a su abuela.
     -Ya la encontrarás, pues todos vamos al santuario.
     Y pasaban los peregrinos, uno tras otro, como atados con un cordel de plata al altar lejano de un templo que los atraía al seno de poderes diferentes.
     El niñito, de tanto andar, perdió en jirones sus sandalias. Descalzo y cansado, apunto de llorar, se recargó contra las raíces del olmo de Seringa. Era ya la noche vernal, con su luna llena ascendente, y el niñito no pudo mirarla  porque de inmediato sintió una respiración ajena, antigua, hecha de los poderes de la tierra.
     Y miró los ojos de Seringa, como nueces quebrantadas por la sorpresa. Y vio sus pestañas de madera. Y no dijo nada. Sólo miró.
     Un par de brazos nudosos y ásperos lo sostuvieron y arroparon. El niñito sintió, por un momento, un constreñimiento siniestro; sin embargo, sus ojos y los ojos de la bruja no se separaban.
     La noche dejó caer el frío de las estrellas y Seringa se vio atrapada en el encanto de un niñito que resumía en sus ojos el sostén de los árboles.
     -¿Quién eres?
     Preguntó el niñito.
     -¿A quién estás buscando, pequeño hermoso?
     Preguntó a su vez Seringa.
     -A mi abuela ciega que está perdida entre las almas del camino.
     Contestó el niñito sintiendo el sueño de la eternidad.
     -Yo soy tu abuela, precioso niño mío, yo te he encontrado. Ya no te dejaré. En mis brazos escondido y acunado dormirás y serás feliz.
     -Abuela.
     -Mi niñito.
    Y se durmieron los dos. Pero no fue cualquier sueño, pues Seringa colapsó en deseos insospechados y desató sin malicia su poder.
     El olmo murió. Pero con el paso de los años, una gran roca comenzó a crecer en ese sitio. La gente creyó que siempre había estado allí. Un buen día, después de una tormenta de granizo, la gran roca se partió en dos y de ella nació un encino de hojas azuladas.
    Ahora los romeros piensan que el gran encino de la roca partida ha formado parte del prado junto al camino desde remotas épocas. Las historias de los niños esfumados se han perdido en el tiempo. Los únicos que saben la verdad son los elfos mutilados que han mirado la escena desde las oquedades en la montaña. Ellos saben bien que Seringa y el niñito abrieron un nuevo portal hacia el mundo de las hadas.  Pero como son egoístas y no se pueden mover, el secreto de estos cuentos se perderá para siempre hasta que el mundo se reconstituya.

No hay comentarios: