La rabia se fragua
en las cenizas
de los robles al crepúsculo atemporal.
Han muerto todas las arañas
por querer saber si es de día o es de noche,
si bajaban o ascendían,
si sus telas debían ser urdidas o deshechas.
El mensajero oscuro nunca llegó.
En las horquetas calcinadas
los huevos de los búhos
se han vuelto ópalos negros;
y sus plumas,
como espinas de titanio extraterrestre,
se clavan en la corteza hiriendo la muerte.
Ya no crecen hongos entre las raíces...
Ya no hay escupitajos de líquenes en las anfractuosidades...
La osamenta de las ratas
se pudre, a medias
entre el agujero de su madriguera
y el hocico de la seminoche.
La rabia se acrecienta
y nada es capaz de mitigarla.
Este crepúsculo quebrantador,
hijo de la ruptura cósmica,
nació fuera del tiempo.
Nació cuando plantábamos los robles:
Yo, con mis manos.
Tú, con tus ojos de muñeca despiadada.
Te esfumaste en una bola de fuego oscuro,
en una implosión de abandono,
en una oleada de carcajadas desenmascaradas.
La rabia lo ha quemado todo.
Se ha instaurado el crepúsculo.
Sólo me resta bajar de este follaje de recuerdos,
sacudirme las hojas tiznadas.
Descubrir la muñeca destazada
por una estrella fugaz que duró un poco más que la existencia.
Sólo me resta eso...
Y volver a la crisálida incólume
a los embates del conjurador
que aún intenta exorcizarme.
1 comentario:
me gusta mucho
Publicar un comentario