Agazapados en las cornisas del gran teatro, el discípulo y su mentor charlaban sobre algunos temas recurrentes. He aquí una de sus pláticas:
-¿Cuál es el secreto de la felicidad, gran Adalid? –Preguntó el discípulo.
-No hay secreto.
-Entonces, ¿qué es la felicidad, gran Adalid?
-Eso depende de su generación.
-¿Cómo, maestro?
-La felicidad tiene su origen primario en todo nacimiento: cada ser humano que es acogido en el mundo porta en sí mismo algo que lo impulsa a vivir. De dónde proviene ese algo es cosa que ignoro.
-Entonces, ¿por qué pocas personas son felices?
-Porque les quitaron o perdieron la felicidad haciéndoles pensar que la felicidad venía de fuera, que había que construirla con esfuerzo y sacrificio, con paciencia, o, simplemente, que había que esperarla.
-Y, ¿no son todas ésas virtudes a las que aspiramos?
-De ninguna forma si se conciben como condición para obtener la felicidad. La felicidad no se obtiene, se trae desde la cuna. Lo que hacemos es perderla durante la infancia, esconderla en la adolescencia, ignorarla en la juventud y deplorarla en cuanto conseguimos un trabajo estable que concuerde con el programa social de nuestra nación.
-Y, ¿de qué forma podemos conservarla o reencontrarla? –preguntó el discípulo ampliando la preocupación que se vertía de sus ojos.
-Si se ha perdido no hay manera de recuperarla, muchacho, pero a tu edad aún puedes hacer algo. Hay voces inmensas que nos hablan desde nuestro fondo, desde el abismo de la inocencia. Hay voces que debemos escuchar. La introspección y el adormecimiento de la razón externa ayudan en el proceso. Si no se ha degradado, aún es posible salvar la felicidad del aniquilamiento. Pero, escucha bien esto, si la felicidad interna ha muerto, el único consuelo del ser humano será la aparición de otro que quizá no sea feliz pero, que al vincularse, puede que se llegue a generar ese otro momento cuántico de la felicidad, ese momento sublime que se escapa del tiempo y del espacio, ese pedacito sin dimensiones que no sabemos dónde está, que no pesa, del cual ignoramos su procedencia y su dirección; esa fantasmagoría alucinante que ahora es pero se desintegra en un parpadeo; eso que la gente común y corriente que camina allá sobre la banqueta denomina amor.
Entonces, el discípulo no preguntó más y se arrojó desde la cornisa.
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